Viernes de la 1ª semana de Cuaresma, 10 de marzo 2017

La interioridad - el primer paso en que Jesús describe el significado de la oración - es hoy en día una rara mercancía. Desde nuestros primeros días somos entrenados para ver la vida como una serie de metas y logros externos. Podemos tener éxito o fracasar en ellos. En cualquier caso, nuestro foco es entrenado hacia afuera, hacia la próxima montaña que debemos escalar, sea un obstáculo o una oportunidad. Luego, quizás un día nos caigamos de nuestra bicicleta. Sigue leyendo.

Esto le sucedió a uno de mis estudiantes con una vida muy disciplinada y un pasado militar. Habló de ello cuando volvió a la clase un año más tarde, como invitado. Había sido atropellado por un camión y salió volando, lastimándose seriamente el rostro y sufriendo daño cerebral. Le mostró a la clase fotos de sí mismo y era difícil creer que se hubiera recuperado tan bien. Aparte del daño a los huesos que había sido reparado, aún sufría de dolores de cabeza terribles. Había encontrado que la meditación era la única manera de detenerlos. Los doctores le dijeron que no hiciera nada, que durmiera lo más posible y que “tratara de no pensar”. Este último consejo le resultó sumamente confuso. ¿Cómo se puede dejar de pensar? Luego recordó que la meditación se trata enteramente de no pensar, ¿verdad?   

Su determinación por mejorarse y su falta de auto-compasión o de negatividad nos impresionó a todos. Pero aún más impresionante era su cambio personal, luego de que su dura experiencia le mostrara que la vida no trata sólo de metas externas. Había descubierto su vida interior. Sabía que era él mismo el sujeto de las montañas que quería escalar y de las oportunidades que tenía que aprovechar al máximo.

No fue la primera persona en decir que una tragedia, que a todos nos espanta de sólo imaginarla, le había enseñado algo más valioso que el sufrimiento que la había acompañado. Con el despertar de la dimensión interior de la conciencia llegaron el discernimiento y la perspectiva.  Todo en la vida podía entonces ser mejor evaluado y priorizado. La ilusión y la realidad se distinguían una de otra de una manera mucho más obvia.  

Recalcando esto, Diádoco, nuestro amigo de hace mil seiscientos años, describe las energías distintivas de la sabiduría y el conocimiento espiritual. Según él, ambos son puros regalos del Espíritu Santo. El conocimiento espiritual proviene de la “oración, la quietud profunda y el desapego completo”. Nos une a Dios a través de la experiencia. Pero no nos conduce a hablar de ello. Lo que sucede en el silencio queda en silencio. Así nos volvemos conscientemente iluminados por el conocimiento interior sin necesidad de expresarlo hacia afuera. Pero la sabiduría puede venir, más raramente dice Diádoco, como una gracia complementaria para articular este conocimiento, especialmente con la ayuda de las escrituras.  

El conocimiento espiritual tiene prioridad. Para encontrarlo, son necesarios los tiempos de quietud y la práctica del desapego, como nos ofrece la Cuaresma. Nos preparan para este conocimiento.  Alternativamente siempre podemos esperar a caernos de nuestra bicicleta.

Traducción: Carina Conte, WCCM Uruguay

 

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