Lunes de la 2ª semana de Cuaresma, 13 de marzo 2017.

 

El agotamiento es más que un colapso. Podrá parecer que sigues funcionando, pero por dentro estás bloqueado y abandonado, emocionalmente aislado y carente de cualquier sentido de alegría o significado en los movimientos que están sucediendo. La luz de la vida ha extinguido lo que brilla en los ojos, lo que ilumina la conversación con alegría y lo que destaca los colores y tonos del mundo. Sigue leyendo.

Miras fijamente al mundo en lugar de contemplarlo. Tus intercambios con otras personas se vuelven informativos en lugar de creativos. Y el mundo está cada vez más saturado con una sola sombra de gris.

La cuaresma es un tiempo para explorar cualquier síntoma de agotamiento. Pueden revelarse en patrones de irritabilidad y retraimiento del contacto con otros en una soledad falsa. La verdadera soledad refresca nuestras relaciones. Nos ayuda a ver si algunas de nuestras relaciones son realmente una pérdida recíproca de tiempo y si hacemos uso unos de otros para evitar niveles más profundos. Pero en la verdadera soledad, donde estamos expuestos a nuestra unicidad misteriosa y no huimos de ella, vemos que nuestras conexiones con los demás son cada vez más significativas y recíprocamente abiertas a la profundidad. La meditación es esta verdadera soledad

Las prácticas de la Cuaresma - renunciar, dejar ir y rezar más seriamente - son la forma en que exploramos el agotamiento, un escape de fe y un cansancio con la vida. Estos limpian la mente reescribiendo viejos patrones mentales, empoderándonos intuitivamente con el autoconocimiento que necesitamos para seguir jugando interiormente, no sólo fingiendo. Es una paradoja del equilibrio y el bienestar humano en el cual el desapego y el compromiso van de la mano.

Si no sabemos cómo dar un paso atrás, abrir nuestra mano y soltar, hacer tiempo para la oración, desconectarnos, pronto experimentamos que hay algo inestable en nuestra vida y en nuestras relaciones. A decir verdad, es algo que va mal en nosotros mismos, pero, como de costumbre, primero culpamos a otros, al destino o a Dios. De hecho, estamos deslizándonos lentamente en la longitud de onda del espíritu que da vida a su capacidad de crecimiento y trascendencia. Sin ello, la experiencia misma, en absoluto todo en lo que estamos comprometidos, empieza a desmoronarse y deconstruirse. La reciprocidad vital del ser colapsa en un estado autónomo y egocéntrico.

Jesús dijo a sus discípulos (que significa todos aquellos que pudieron escuchar) que el camino de retorno del agotamiento, la depresión, la semivida es restaurar la reciprocidad a la vida. «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá.»

Dar y recibir entonces se convierten en un solo ritmo. Pasamos de la política del miedo, la segregación y el odio a una sociedad que comparte, una comunidad que goza de ser humano, una vida que desborda.

 

Traducción: Elba Rodríguez, WCCM Colombia

 

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